viernes, 24 de agosto de 2012

De putas y prostitución

Querría dejar claro antes de empezar que con mi crítica al paternalismo, victimización y menosprecio de las prostitutas por parte de quien dice defenderlas me refiero a con respecto a aquéllas que deciden por propia voluntad ejercerla. Soy consciente de que estas personas son una minoría, pues la mayoría lo hacen por extrema necesidad o esclavizadas. Sin embargo, el que la mayoría de las personas que confeccionan ropa lo hagan bajo condiciones insalubres y de extrema explotación no implica que no haya o pueda haber gente que confeccione ropa en buenas condiciones porque prefiera y elija libremente (dentro de "libertad" que el capitalismo nos deja) ese trabajo. En cualquier caso, esta reivindicación no implica que no le vea sentido a la abolición de la prostitución por cuestiones estratégicas (para ayudar a esa mayoría): no tengo clara mi posición al respecto de su estatuto legal.

Vivimos en un país donde la industria del sexo (prostitución, películas, revistas o webs pornográficas, masajistas o líneas eróticas…) mueve 18.000 millones de euros anuales y, según se estima, un tercio de la población masculina acude o ha acudido alguna vez a trabajadoras sexuales. Sin embargo, las prostitutas siguen manteniendo un duro estigma que las victimiza, criminaliza e invisibiliza.

A menudo se siente lástima por las trabajadoras del sexo en tanto que son consideradas víctimas que necesitan ser salvadas, mujeres condenadas a ejercer la prostitución por una situación terriblemente desfavorable y que necesitan ser reinsertadas en la sociedad con un trabajo digno. Por supuesto, existen mujeres víctimas de la trata de personas que son obligadas a ejercer la prostitución en una situación de esclavitud: según las estimaciones de las Naciones Unidas alrededor de 270.000 personas son víctimas de la trata en Europa (si tienes alguna sospecha sobre trata de seres humanos en alguna persona que ejerce la prostitución, puedes seguir los pasos o llamar al número que encontraréis en esta página del colectivo Hetaira).

También en el caso de algunas transexuales, inmigrantes o toxicómanas, éstas podrían verse prácticamente obligadas a ejercer la prostitución ante la imposibilidad de optar a otros puestos de trabajo debido a la discriminación que sufren, pero ahí el problema estaría en la falta de opciones por la discriminación de éstos y otros colectivos, no en la opción en sí. Si bien debido al estigma social que acompaña a esta práctica o a los peligros que puede entrañar a la mayoría de las mujeres (u hombres) les resultaría algo denigrante de lo que desearían escapar, a otras mujeres y hombres sin esos prejuicios sexuales o con mayor facilidad para llevar a cabo esas prácticas les gusta o prefieren ese trabajo a otros tantos entre los que han podido elegir. Es probable que muchas de ellas decidiesen abandonar la prostitución si le ofreciesen otro tipo de trabajo con mejores condiciones, pero ¿no es acaso lo mismo que podría hacer un camarero, una asistenta, un barrendero o una peón de obras públicas? Muy poca gente tiene un trabajo que le guste y con cuyo sueldo y condiciones esté satisfecho ¿por qué la situación es tan distinta en el caso de las prostitutas -que eligen libremente serlo- como para que merezcan una lástima mayor? Si han elegido ejercer ese trabajo entre otros que podrían haber elegido pero les convencían menos significa que no consideran que su trabajo sea el peor que se puede ejercer y, por tanto, considerarán que las mujeres y hombres que trabajen en aquellos puestos que ellas han rechazado están más explotados que ellas.

Trabajar como prostituta callejera o mediante anuncios entraña riesgos: de contagio de ETS, de robos, de violencia o acoso, etc, pero también tiene ventajas en relación a otros empleos: eres autónoma sin realizar una inversión y tienes total libertad para establecer tus tarifas y horarios o negarte a realizar un servicio. En cuanto a los riesgos mencionados, estos no son algo intrínseco y exclusivo al trabajar como prostituta: un hombre y mujer muy promiscuos podrían mantener más relaciones sexuales con gente distinta que una prostituta, con lo que el riesgo de contagio de ETS podría ser mayor y, por otra parte, sin necesidad de ser muy promiscuo es un hecho que muchos hombres y mujeres mantienen relaciones sexuales sin protección, o utilizando como protección con varias personas un método anticonceptivo que no es de barrera, de forma que el riesgo de contagio de ETS sería mucho mayor que el de una prostituta que utilizase siempre preservativos.

En relación a los robos, la violencia y acoso, si bien el estigma social puede hacer que lo sufran más que en otros empleos (contra lo cual se lucha desde las organizaciones que piden derechos laborales para las trabajadoras del sexo), curiosamente muchas de las prostitutas de las que eligen libremente su trabajo (y que, por tanto, se "harán respetar" bastante más que aquellas que se vean obligadas a ejercerla) denuncian que la mayor parte de la violencia y acoso que sufren tiene lugar por parte de los policías y otras instituciones, no de sus clientes. Muchas son multadas de acuerdo a ordenanzas que van en contra de leyes superiores, acusándolas de un “uso indebido de la vía pública” sin estar ejerciendo allí sus servicios, sino sólo por hablar con sus clientes (¿es delito hablar en la vía pública? o, incluso especificando más ¿es delito pactar verbalmente en la vía pública por un servicio que se realizará en un recinto privado?).


Otro tipo de violencia, además de la que puedan recibir de sus clientes, es la violencia por parte de la sociedad. Como dice Ana Fábregas, trabajadora de GENERA, “si una es puta, es puta las 24 horas”. Una fontanera, camarera, electricista o empresaria tienen una jornada laboral durante la cual desempeñan su oficio y fuera de ello, en su vida privada, son personas. Para mucha gente, sin embargo, una puta es siempre una puta, nunca una persona, como si su jornada laboral nunca terminase y como si ambos conceptos (puta y persona) fuesen excluyentes. Ello es lo que lleva muchas veces a pensar que por dedicarse al trabajo sexual una mujer tiene que aceptar cualquier oferta y no puede negarle un servicio a un cliente: ¿acaso una carpintera no puede negarse a un trabajo si no le convence el precio o las condiciones? ¿O una canguro si no puede soportar a los niños a su cargo?

Por otra parte, se habla de su trabajo como “vender su cuerpo”, como algo denigrante para la mujer y un acto de violencia machista por parte del cliente: ¿acaso no vende su cuerpo la masajista que utiliza sus manos o pies para proporcionarle un placer de otro tipo al cliente, o la peón de una obra que transporta grandes pesos? El cuerpo es utilizado en todos los empleos de una forma u otra para llevar a cabo un trabajo, a veces ofreciendo un servicio directo con él (masajista, modelo…) y a veces indirecto (cocinera, zapatera, dependienta…). Por tanto, no se trata en ningún caso de “vender” o “alquilar” un cuerpo, sino un servicio con el cuerpo (como muchos otros servicios).

Por último, me parece importante hablar también de aquéllos que demandan estos servicios, estigmatizados a menudo como el verdugo. Dado que el sexismo y la cosificación de la mujer como objeto sexual es algo bastante extendido en nuestra sociedad, imagino que esto también será común entre aquellos que demandan servicios sexuales, pero no necesariamente. Un hombre puede pagar a una prostituta y tratarla con desprecio, considerando que por vender un servicio sexual con su cuerpo no vale más que un cuerpo, y por tanto tiene poder para utilizarlo a su antojo, pero lo mismo puede pasar con un hombre que contrata a una modelo, por ejemplo; y sin necesidad de ser un trabajo que implique de esa forma el cuerpo, un hombre (o mujer) podría tratar con desprecio a cualquier otra trabajadora en su puesto de trabajo sin valorar que detrás de ese servicio hay una persona, por ejemplo a una camarera, asistenta del hogar o teleoperadora de Movistar. En cualquier caso, como he dicho, contratar una puta no implica valorar a la mujer que contratas como un simple coño sin tenerla en cuenta. Se puede ser putero y ser antisexista, siempre que se trate a la prostituta con respeto y se busque contratar sólo a aquellas que lo sean por voluntad propia y no como esclavas sexuales.

Y, para terminar, os dejo con un documental muy interesante sobre el tema: La hipocresía del deseo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Violencia de género: la cosificación de la mujer

A menudo se habla de violencia de género como una agresión física o verbal de un hombre hacia una mujer, generalmente siendo su pareja o expareja sentimental. En primer lugar cabría mencionar que no siempre que un hombre agreda a una mujer el móvil de la agresión ha de ser el género, al igual que sí podría serlo, aunque se da en menor proporción y de distinta forma, en el caso de una mujer que agreda a un hombre. En cualquier caso, me remito a esto para señalar una condena del sexismo muy miope que ignora el porqué de todas esas agresiones, pues en una sociedad igualitaria la violencia entre dos sexos no se daría por cuestiones de género.

La violencia se ejerce de muchas maneras y en muchos casos no se presenta como un insulto, sino como un cumplido. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos de personas con dos grupos de características complementarias y contrapuestas: los hombres como racionales, potentes, fuertes, valientes, estables, claros y seguros; las mujeres como emocionales, débiles, miedosas, inestables, retorcidas e inseguras, pero sobretodo bonitas. Las mujeres son “el sexo bello”, la decoración u objeto en contraposición al sujeto (hombre). Ellas son un cuerpo mientras los hombres son una mente, y esta identificación simbólica no ha cambiado mucho desde hace más de medio siglo, por mucho que la situación legal haya mejorado enormemente.

Una ojeada a los anuncios nos muestra una clara utilización del cuerpo femenino como reclamo erótico, mujeres reducidas a culos, piernas esbeltas, vientres planos o labios entreabiertos que saborean un producto con cara de placer sexual. Todos esos anuncios están dirigidos a un público masculino heterosexual, pero también a un público femenino heterosexual que proyecta en ellas una imagen ideal de sí mismas vistas desde ojos masculinos. Las mujeres no buscan así su propio ideal de personas, sino que quieren ser lo que los hombres quieren que sean, lo que buscan ver en ellas como obra artística u objeto erótico, esto es, las mujeres sufren socialmente una heteroidentificación. Además de esta cosificación erótica de la mujer es destacable la fuerte presencia de los estereotipos en ese y otros ámbitos como los dibujos para niñ@s, las revistas o incluso los periódicos, las películas o los videojuegos. Con respecto a esto último, Anita Sarkessian había creado un proyecto para denunciar los estereotipos de las mujeres en ellos, presentadas siempre con arquetipos como el de “compañera sexy” o “dama en apuros”, por el cual recibió numerosas amenazas y acoso por internet de formas diversas. Resulta también relevante la imagen que se desprende de las mujeres en las revistas “femeninas”, pues la información se distribuye mayoritariamente en relación a cuatro ámbitos: doméstico (decoración, cocina, limpieza), privado (belleza, cuidado del cuerpo), banal (cotilleos) y de relaciones (interpersonales, de pareja o familiares). Es especialmente remarcable este refuerzo de los estereotipos en las revistas femeninas para adolescentes, centradas en el logro de la belleza, la seducción y el romance, la moda y el sexo heterosexual. En las noticias y periódicos, aunque más sutilmente, la consideración inferior de la mujer también se hace visible con una mucho menor presencia especialmente en secciones de economía, política, opinión y sobretodo deportes, con una casi total invisibilización de las deportistas y los equipos femeninos. Esta invisibilidad de la mujer se hace también bastante patente en las películas con tres sencillas preguntas: el Test de Bechdel.

A esta invisibilidad, menosprecio y cosificación hay que añadir, por supuesto, otros importantes factores que complementan el caldo de cultivo de la violencia supremacista de género: la educación en el ideal del amor romántico como principal (o casi principal) aspiración en la vida de toda mujer, así como la indefensión aprendida resultado de las expectativas de su género: sumisión, comprensión, empatía, solidaridad, obediencia, abnegación en el cuidado de los hijos, pasividad, rechazo de la violencia...


Reducidas a objetos eróticos o floreros como guapas, mudas y prescindibles azafatas en numerosos programas-concurso, valoradas únicamente por el físico y escasamente por sus capacidades intelectuales, complementos del hombre y prácticamente invisibles en todo lo que representan actos trascendentes: ésta es la violencia de género, la violencia psicológica que origina la agresión física. Es un maltrato sutil que presiona a las mujeres a ser mejores floreros en vez de mejores personas: maquíllate, pues tus rasgos al natural son bastos; adelgaza, pues los kilos de más son humillantes, asquerosos y vergonzosos; depílate, pues tu vello corporal es de mal gusto y antihigiénico; ponte guapa, pues tu calidad humana se mide por tu capacidad de seducción. No hace falta verbalizarlo para que se dé un maltrato, pues la orden ya está encima de la mesa: la amenaza con la marginación social. Que el maltrato se personalice más explícita y duramente en un individuo concreto como pareja sentimental es sólo el último eslabón de la cadena, la punta del gran iceberg.

lunes, 6 de agosto de 2012

Especismo entre antiespecistas

“No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy 
vegana porque no me siento superior a nadie” - Michele McCowan

Es común entre nuevos veganos pasar por una etapa fundamentalista o intransigente (y a veces no tan nuevos ni tan etapa): primero se preguntan cómo han podido “estar tan ciegos” de no hacer ciertas conexiones y se esfuerzan por informar a los demás para que cambien su perspectiva; después, no obstante, tras varias decepciones algunos desarrollan algún tipo de amnesia retrógrada que les impide recordar que hasta hace no mucho ellos eran especistas, y consideran a los que lo son como unos asesinos hijos de puta que disfrutan haciendo sufrir a los animales. Esta actitud es perniciosa fundamentalmente por dos motivos: es especista y perjudica a los animales. 

En primer lugar, las generalizaciones siempre son injustas con los individuos que conforman los grupos. Es común atacar a “los humanos” como culpables de las torturas que sufren algunos animales; “me avergüenzo de ser humana” o “los humanos hacemos tal y cual”: ¿Por qué esta actitud no es vista como discriminatoria y especista cuando se está condenando a todo un colectivo por los actos de unos de ellos? Si alguien dijera que las lesbianas son todas unas zorras manipuladoras se le tacharía automáticamente de homófobo, igual que sería machista que una tía dijera que se avergüenza de ser mujer porque las mujeres son unas frívolas interesadas o sería racista que otra persona afirmara que los negros roban coches. Sin embargo sí hay lesbianas manipuladoras, mujeres frívolas e interesadas o negros ladrones, al igual que hay humanos (en general) cabrones, pero ser manipulador, frívolo, ladrón o cabrón no es nunca algo intrínseco de ser lesbiana, mujer, negro o humano, respectivamente. 

En la misma línea está la xenofobia al atacar a una etnia por las tradiciones o actividades de algunos de los individuos de la misma (a los chinos por comer perros, a los canadienses por apalear focas…), aunque esto es más común entre mascotistas que entre veganos, pues los últimos suelen tener más claro que no hay diferencia entre comer perros en China o cerdos en España. 

En segundo lugar es especista porque crea una especie de salto cualitativo entre los humanos y el resto de animales, el mismo salto que los antiespecistas critican: no se juzga a un gato por matar a un ratón o a un oso por comerse un salmón, ya que ellos “no pueden razonar”; sin embargo el humano se considera un ser razonante que nace razonando, y que debería razonar por tanto trascendiendo toda su educación para oponerse a la explotación animal. Para empezar no creo que el veganismo sea el “camino verdadero” ni creo en la existencia de la corrección o verdad en términos morales, sino si acaso en la coherencia con unos principios. Soy vegana porque tengo la capacidad de sentir empatía por el resto de animales y, por ello, los puedo considerar mis iguales en términos de sufrimiento, pero el no tener esa capacidad de empatizar no te convierte en un monstruo (¿cómo puede ser moralmente malo no tener una capacidad para hacer algo?). Muchos otros animales pueden sentir empatía, y un gato podría no matar a un ratón por sentir una empatía hacia él mientras que otro podría no tenerla y dejarse llevar por un instinto o apetencia. Con esto no estoy justificando nada, sino simplemente intento entender cómo y por qué actúan los demás, y no dejarme llevar por el camino fácil del insulto. En segundo lugar, creo que ya se ha evidenciado que no considero a los humanos nada radicalmente distinto del resto de animales, y por tanto no creo que exista ser alguno puramente razonante, sino que todos los animales que no estamos totalmente determinados por un instinto invariable lo estamos en mayor o menor parte por nuestras experiencias, educación, cultura, etc. Si viviéramos en una sociedad vegana o simplemente con una mayor consideración por los demás animales, el número de veganos que la conformarían sería infinitamente mayor. Y de nuevo recuerdo que muchos de nosotros, hasta hace unos meses o años, nunca antes habíamos hecho la conexión con el resto de animales, o incluso muchos veganos probablemente habrán defendido antes del cambio los argumentos que ahora considerarán falaces o prejuiciosos. Con esto no estoy diciendo que no haya especistas mezquinos y maleducados (igual que hay veganos así), algunos incluso que atacan a los veganos por el mero hecho de serlo. Pero incluso una persona directamente relacionada con la explotación animal (ganadero, torero, matarife, peletero) puede cambiar su perspectiva, pues al fin y al cabo no hacen más que seguir el legado de una misma educación especista con la que nosotros también hemos sido educados. 

Por último, si todo esto no te convence y sigues odiando a la humanidad hay un factor más a tener en cuenta en tu comportamiento: el daño a los otros animales. Ponte en el lugar del otro, de ser una persona que nunca antes se ha planteado el trato a tener con los otros animales, lo que come o lo que viste, y que por tanto tiene muchas dudas al respecto y cierto recelo ante lo que rompe por completo su esquema de valores: ¿cómo crees que se puede sentir esa persona ante los insultos, las acusaciones de asesino y la culpabilización? Lo más probable es que se cierre en banda y no escuche tu mensaje. Y lo peor es que, por desgracia, muchas veces somos un referente de la idea que defendemos: muchos omnívoros se encuentran con uno o varios veganos arrogantes y deducen de ello que los veganos por definición son arrogantes; se cierran al mensaje por culpa de un mal mensajero (y de ahí mis “precauciones para una correcta comprensión”). Muchas veces una actitud de “superioridad moral”, aun inintencionada, hace que el otro se sienta aludido ante una acusación implícita, un “tú eres culpable de esto, estás equivocado y yo estoy en lo cierto, haz lo que yo te digo”, desencadenando con esto una actitud defensiva que muchas veces se materializa en un “las plantas también sienten” o “tú también matas animales”, etc. Por supuesto, algunos se pueden sentir atacados y responder a la defensiva porque sí, o porque quizás les remuerda la conciencia ante la duda de no estar actuando de acuerdo con su ética y sientan miedo de que se venga abajo todo su esquema de valores, pero ello no implica que no debamos evitar estos conflictos con una actitud educada y comprensiva.